La explosión de usuarios, aplicaciones descentralizadas y casos de uso en Web3 ha puesto a prueba las limitaciones de las cadenas públicas. La necesidad de procesar un volumen creciente de transacciones sin sacrificar rendimiento, costes o seguridad plantea un desafío que va más allá de simples ajustes de protocolo.
La escalabilidad en blockchain se entiende como la capacidad de aumentar el throughput (transacciones por segundo), reducir la latencia y mantener un crecimiento razonable del tamaño de la cadena. Sin embargo, existe una clara tensión entre descentralización, seguridad y escalabilidad, el famoso triángulo que limita las posibles mejoras en redes públicas sin permisos.
En el periodo 2024–2025, el auge de DeFi, NFT, gaming y tokenización de activos multiplica picos de congestión. Las capas base (L1) consolidadas apenas gestionan decenas de tps, lo que dispara comisiones y alarga tiempos de confirmación en horas durante los momentos de máxima demanda.
Para dimensionar el problema, compararemos órdenes de magnitud entre distintas redes:
Además de throughput y latencia, es esencial considerar la capacidad de almacenamiento: el tamaño de la cadena en gigabytes y los requisitos de hardware para nodos completos crece de forma sostenida, elevando la carga de trabajo de forma efectiva y restringiendo la participación de nuevos validadores.
La mayoría de las L1 generalistas adoptan una arquitectura monolítica donde cada transacción y contrato comparten el mismo estado global. Esto simplifica la seguridad y la coherencia, pero impide paralelizar operaciones sin generar cuellos de botella.
Los mecanismos de consenso, como Proof of Work, requieren que cada nodo completo verifique todas las transacciones y bloques, almacenando todo el historial. El coste computacional y energético limita la frecuencia y el tamaño óptimo de bloques para mantener la robustez ante ataques.
La congestión de la red y el crecimiento de la mempool provocan variabilidad de tarifas (gas) y riesgo de que transacciones queden pendientes o sean sustituidas. Aumentar el tamaño o la frecuencia de bloques eleva el consumo de ancho de banda y la posibilidad de desincronización entre nodos, con consecuencias en seguridad.
En el plano de usuarios finales y empresas, la falta de escalabilidad se traduce en:
Para desarrolladores y proyectos, las consecuencias incluyen:
El núcleo del dilema reside en equilibrar tres objetivos fundamentales:
Incrementar el tamaño de bloque o reducir el intervalo entre bloques eleva la capacidad transaccional, pero también aumenta los requisitos de hardware. Esto limita quién puede operar un nodo completo, empujando la red hacia una validación más concentrada.
Por otro lado, diseños basados en comités reducidos o validadores autorizados alcanzan altos rendimientos, pero se asemejan más a bases de datos distribuidas tradicionales, perdiendo el valor intrínseco de una blockchain pública.
En la capa base se han explorado varias opciones para mitigar el dilema:
Al margen de L1, rollups optimistas y zk-rollups procesan transacciones off-chain, consolidan resultados y publican pruebas de validez en la capa base. Esta arquitectura modular alivia la presión sin comprometer la seguridad de la L1.
La convergencia de soluciones on-chain y off-chain promete una visión de largo plazo donde la escalabilidad no sea un obstáculo, sino una característica atractiva para todo tipo de aplicaciones.
La interoperabilidad entre cadenas, los estándares de comunicación y la optimización de protocolos criptográficos allanan el camino hacia redes más eficientes y accesibles.
Al final, el verdadero dilema persiste: hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar descentralización para lograr una experiencia de usuario cercana a Web2, y en qué momento una red ultra escalable deja de ser una blockchain en su sentido más puro.
Referencias